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Tamaquito II: La realidad detrás de un desplazamiento estético

Este articulo es la cuarta entrega de una serie que narra la lucha de 4 comunidades de La Guajira por subsistir en medio de las afectaciones que la minería de carbón a cielo abierto ha dejado en ellas. Las afectaciones no son nuevas, desde la llegada de la minería han sufrido el deterioro de las condiciones en las que viven, sin embargo, con la pandemia del Covid 19, esas afectaciones han salido ha flote con mayor fuerza, dejando ver de manera aún más evidente, como la minería ha destrozado la autonomía de la que alguna vez gozaron estas comunidades.

Las casas de estilo tradicional, los amplios espacios para practicar actividades recreativas ancestrales, la vegetación, la iluminación de la comunidad y, en general, la primera impresión que deja el aspecto visible de Tamquito II da la idea de ser un reasentamiento que garantizó lo necesario para los habitantes de la comunidad.  Pero al hablar con las personas que viven ahí y trascender más allá de lo estético, salen a flote las afectaciones que ha dejado el desplazamiento de su territorio ancestral.  La crisis actual producto de la pandemia por el Covid 19 ha acentuado aún más estas consecuencias.

Tamaquito es una comunidad que valora enormemente la independencia. Sus líderes así lo expresan cuando hablan de lo que ha significado para ellos el reasentamiento. En donde vivían ancestralmente, lugar al que llaman territorio de orígen, contaban con todo lo necesario para vivir sin depender del Estado.

“Aquí, si nosotros no nos movemos o nos hacemos ver pues nos morimos de hambre” manifiesta Baudís Gonzalez, un jóven líder de la comunidad de Tamaquito II frente a la situación que hoy están viviendo.

La comunidad se ubicaba en las cercanías de la frontera con Venezuela, en un territorio que gozaba de nacederos de agua y arroyos que garantizaban la sostenibilidad de su economía tradicional, fundamentada principalmente en la recolección de frutos, la cacería y la agricultura. En el 2013, cuando se llegó a un acuerdo con Cerrejón para su reasentamiento, habitaban alrededor de 30 familias en la comunidad.

Esas 30 familias, pertenecientes a la cultura Wayúu, tenian un fuerte vínculo espiritual con sus fuentes de agua. Era allí donde algunas de sus más importantes deidades y espíritus se manifestaban para guiar a la comunidad en su tránsito por la vida. Los pozos y arroyos eran el escenario de práticas culturales que fortalecian los lazos de los niños y jóvenes con el territorio y les enseñaban la importancia de cuidar y proteger a la naturaleza.

Escuche aquí las afectaciones que la minería ha tenido sobre la cultura indígena en la voz de sus líderes.

En el lugar de traslado, ante la ausencia de fuentes de agua, esto, en gran medida, se ha perdido.

La comunidad lucha por sostener su agricultura, con la impotencia que produce ver como sus cultivos se marchitan ante el inclemente sol de La Guajira, sin agua suficiente para mantenerlos. Las prácticas culturales que definian a la comunidad se han perdido, sin arroyos ni pozos en donde practicarlas. La independencia de la que gozaban, hoy no es una realidad, la empresa y las condiciones en las que se encuentran hacen imposible sostener a la comunidad de manera autónoma. En medio de la pandemia han tenido que recurrir a ayudas gubernamentales y de la sociedad civil para obtener lo que anteriormente podrían haber cultivado ellos mismos.

En el nuevo territorio dependen del dinero que ganen en el día a día, pero con el aislamiento obligatorio no han podido salir a trabajar.

Teniendo en cuenta lo anterior y en lo que respecta a la economía, la comunidad se ha visto afectada ya que la mayoría de los habitantes, al llegar al nuevo territorio, tuvieron que trabajar en el rebusque, en Barrancas – el municipio más cercano-, realizando trabajos como conductores de mototaxis o en fincas; además, la afectación también ha perjudicado a las mujeres artesanas que se encargan de vender las mochilas o los chinchorros ya que para hacerlo deben dirigirse al casco urbano.

Por otro lado, la comunidad necesita de las plantas medicinales para poder ejercer la medicina ancestral. Sin embargo, en el nuevo territorio, no hay estas plantas, como es una afectación respiratoria hay plantas que pueden prevenir o mitigar la enfermedad, pero las mujeres no tienen como transportarse hasta el antiguo territorio y buscarlas.

Para enfrentar esta pandemia la comunidad organizada ha adoptado diversas medidas que buscan disminuir el riesgo de contagio. Así, cuentan con un protocolo de seguridad encabezado por la guardia indígena que no permite la entrada de personal ajeno a la comunidad.

La comunidad trabaja para enfrentar la pandemia, pero se hace bastante difícil ante las condiciones. Se les forzó a depender del Estado y de la empresa que los desplazó, pero ambos parecen desentenderse de la vida de quienes habitan la comunidad. Ante esto, piden al gobierno que mire más allá de lo urbano, por qué, aunque dice que está mandando las ayudas, al territorio no ha llegado nada, ni a nivel municipal, ni departamental, ni nacional, en palabras de Baudis, Cerrejón nos despojó de nuestro territorio y ni siquiera para esto se ha pronunciado. En las redes están diciendo que entregaron unos mercados, pero esos no alcanzan ni siquiera una persona de la familia.

¡Agua para los Pueblos!

Firma acá la petición para exigirle a la ONU que defienda las fuentes de agua.