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Mujeres campesinas, contra viento y arena

Nacidas en una geografía marcada por la escasez de agua, dinero y políticas públicas, las mujeres campesinas del Bolsón de Fiambalá dedican sus días a cuidar la vida en todas sus manifestaciones; desde su territorio hasta su comunidad, desde la alimentación de sus familias hasta la defensa de su propio cuerpo. La semilla nativa y criolla es el punto en el que todas ellas se encuentran para hacer crecer la cultura, el ambiente y la economía de su pueblo.

Sus vidas corren entre las dunas catamarqueñas. Brotaron allí, en la casa del viento, nombre con el que el pueblo originario cancán bautizó en su idioma a esta región: Fiambalá. Crecieron en pueblos marcados por la escasez de agua, dinero y políticas públicas. Junto a sus familias y su comunidad aprendieron a domar el blanco del desierto y a multiplicar los platos con el verde de huertas y frutales. Hasta que un día se encontraron en un punto. Un punto en la tierra, apenas más grande que una hormiga, mucho más pequeño que cualquier celular, y que sin embargo guarda la información que luego será alimento, oxigeno, paisaje, biodiversidad.

Hablamos de cada una de las semillas de distintas formas y colores que se despliegan de a miles en los puestos que conforman la Feria de Intercambio de Semillas Nativas y Criollas que desde hace casi veinte años organiza la Asociación Campesinos del Abaucán (ACAMPA), junto a la Asociación Civil Bienaventurados los Pobres en El Bolsón de Fiambalá. Hablamos de mujeres nativas y criollas que día a día se dedican a sembrarlas, regarlas, cosecharlas, y volverlas a sembrar, y que una vez al año ubican sus semillas cuidadosamente sobre las mesas de ese encuentro para seguir reproduciendo los frutos y saberes de la vida campesina. Para seguir reproduciendo la vida.

Tatón, ubicado en el departamento de Tinogasta, a más de 300 kilómetros de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca,  es el pueblo en el que se celebra esta feria durante los últimos años: el lugar al que centenares de productorxs viajan para compartir las historias, semillas y saberes campesinos de toda la región.

Para llegar allí, hay que atravesar varios santuarios del Gauchito Gil, burros que cada tanto aparecen entre jarillas y retamas, y arena, cada vez más arena. Después de cruzar el río Abaucán que alimenta los cultivos de esta zona árida de la precordillera, se abre un paisaje que avanza como una playa despoblada e infinita. Un desierto hecho de dunas de todos los tamaños, entre ellas algunas de las más altas del mundo, que van transformando su forma y ubicación hasta llegar incluso a ocupar la ruta cuando el invierno sopla los aires cálidos y secos del viento zonda. Un suelo blanco que poco a poco va dando paso al verde.

Recién cuando las pasturas y los álamos empiezan a multiplicarse y se vislumbra entre ellos alguna vertiente o arroyo, aparecen las primeras señales de presencia humana: una viña, olivares, casas aisladas hechas de adobe y algún vecino que saluda al costado del camino. Entonces sí, por fin, Tatón: un pueblo de unas 400 personas que habitan en viviendas desperdigadas entre fincas y colinas.

Cuando el agua llega

Subiendo una pequeña cuesta del pueblo se encuentra una casa, que es en realidad un conjunto de dos o tres viviendas de donde van apareciendo tres niños, una pareja, otra mujer. Todxs integrantes de la gran familia de Elena, una mujer de unos 60 años con pelos cortos y enrulados que enmarcan su cara ancha y que nos invita a sentarnos en un gran salón que oficia de comedor. Y la conversación empieza por el agua, punto de partida para entender la vida y la producción actual de toda su comunidad:

— El agua baja de los cerros: hay varias corrientes que vienen de muy lejos, allá cerca de Antofagasta, que se van juntando y forman el río Tatón que llega aquí. Pero antes sufríamos mucho, porque no teníamos canales: el riego se hacía por acequia, y es un río que trae muy mucha arena, entonces se penetraba y el agua se iba. Ahora, gracias a Dios, no tenemos problemas con el agua —dice Elena y cuenta que hace alrededor de diez años, una gestión del gobierno municipal construyó un sistema de canales y piletones que permiten distribuir mediante cañerías a la mayoría de las casas y fincas del pueblo.

La construcción de infraestructura, el acceso de las familias al agua, se tradujo en una comunidad con una gran diversidad de cultivos y producción. Higos, duraznos, membrillo, viñas, nueces, granada, manzana y tuna son parte de la larga lista de frutales que se cosechan en el pueblo, a la que en los últimos años se han sumado también cítricos, sin contar la producción de hortalizas y aromáticas. Así, Tatón es el ejemplo de cómo las cosas podrían ser distintas si los gobiernos invirtieran en la principal necesidad de las comunidades del Bolsón de Fiambalá.

— Tuvimos suerte en esa gestión, porque los barrios pudieron trabajar más la tierra, hacer más fincas. Se ha mejorado mucho la economía, porque antes todo se nos secaba, no podíamos tener verduras, nada —agrega la mujer campesina con su hablar pausado.

De cualquier manera, como en toda la región, hay problemas que permanecen respecto de la escasez de agua. Sobre todo porque la provisión depende de la ubicación de cada finca: mientras que algunos barrios reciben durante todo el día, hay también zonas de Tatón donde los canales no llegan. La casa de Elena recibe agua solo de ocho de la mañana a tres de la tarde, horarios en los que deben aprovechar para llenar los tanques y regar. Con esa cantidad, y en poco menos de una hectárea, la mujer campesina logra cosechar una enorme variedad de alimentos:

— Yo cultivo hortalizas, aromáticas, zanahoria, rabanitos, remolacha, lechuga… También frutales; tengo manzana La Deliciosa, que con eso trabajo haciendo dulce, jaleas, arropes. O sea que toooda la fruta le damos beneficio. Después mi esposo trabaja con plantas de alfalfa: lo corta, lo vende, le da de comer a los animales…

Podría decirse que Elena hace agroecología. De hecho, como integrante de ACAMPA, ha participado de diversas capacitaciones sobre el trabajo con la tierra y la producción de nuevas plantas y semillas, que se organizan en la zona junto a la organización Be.Pe. Pero la manera en que produce cada uno de esos alimentos es mucho más que un tipo de agricultura; es el arraigo y el conocimiento de la tierra que la vio nacer, es el cuidado del ambiente puesto en cada uno de sus gestos cotidianos.

Con su familia, cuenta, siempre han luchado por no usar químicos en sus cultivos, otrxs vecinxs lo han hecho y la producción fue buena por un año pero después las plantas se les secaron, agrega. En su finca, en cambio, ella usa lo que ya no sirve:

— Todas las malezas las corto para hacer abono, para ponerle a las plantas. Y lo que sobra, sea fruta, alfalfa, yuyos, sirve también para los animales, porque tenemos las gallinas y los chanchos. También tenemos la vicia, una plata hermosa que hemos conocido para abono verde, porque crece y la tierra se pone negra debajo, y si hay verduras, las cubre y las protege. Ahora aquí también tenemos nuestra propia semilla de la vicia. Y así muchas cosas hemos aprendido a hacer. Nada más que hay que ponerle ganas y ponerlo en práctica.

Mientras un grupo de niños y niñas entran y salen corriendo por el salón, la vecina dice que una buena parte de su cosecha la utiliza para consumo familiar, y otras producciones, como las aromáticas o los yuyos medicinales, las diseca y las vende en el kiosco del pueblo, en su propia casa, y especialmente en la gran feria que se hace en Tatón: la feria de semillas.

De vecinas a vecinas, de generación en generación

Detrás de cada producción de Elena hay una semilla y muchos saberes compartidos, de generación en generación, de vecinxs a vecinxs, de mujeres a mujeres. Ya en su infancia, ella fue testigo del valor de la semilla; su madre realizaba trueques de sus cultivos con una vecina que a cambio le redactaba cartas para comunicarse con familiares que vivían lejos. Ahora, ella misma intercambia experiencias con sus vecinas, ya que el trabajo con la huerta y las hortalizas en el pueblo es realizado, en la mayoría de los casos, por las mujeres. Así que cuando se encuentran las consultas van y vienen extendiendo una red de conocimientos orales y horizontales: cómo puedo hacer este dulce, cómo hiciste con esta planta, mirá este zapallo que coseché ayer.

— Antes las mujeres no podíamos ni hablar, porque éramos tímidas, no sabíamos. Después hemos empezado a salir, andar, a integrarnos. Hemos aprendido a saber cuáles son nuestros derechos; que podemos trabajar, que tenemos capacidades que podemos desarrollar —dice Elena y agrega que también su participación en las organizaciones de la comunidad, como ACAMPA y Be. Pe., le permitieron andar mucho, que entonces se animó, y pudo aprender muchas cosas sobre su lugar como mujer.

Con su parpadeo constante que contrasta con el ritmo lento de su voz, Elena cuenta que este legado también lo aprendió de su hermana, quien falleció hace tiempo y que fue delegada del pueblo de Tatón y enfermera de la zona, en una época en la que solo se podía acudir al hospital en carro o trineo. Su hermana era entonces quien atendía casi todos los partos de la comunidad, incluyendo también el nacimiento de su sobrino, el hijo mayor de Elena.

Años después, Elena tuvo otra hija: Johana. Johana creció en la década del ´80, tiempos en que aún era prácticamente imposible llegar en auto al pueblo, y los viajes se hacían caminando o a caballo. Así que de estudiar en la escuela primaria de Tatón tuvo que irse a vivir a la casa de un tío en la ciudad de Tinogasta para asistir al secundario. Una vez recibida, se radicó en Fiambalá y volvió a su escuela primaria, esta vez para trabajar como docente.

Hoy madre e hija trabajan en defensa de su territorio y su comunidad:

 — Soy agricultora, mis padres son agricultores, ellos fueron los que me inculcaron trabajar la tierra, respetarla, ya que ella es la que nos da de comer, nos da vida, nos da los alimentos para sobrevivir — dice Johana, que además es recopiladora de semillas criollas y nativas, ex presidenta de ACAMPA, integrante de Be. Pe. y participante activa en todas las iniciativas de promoción de la agroecología y la cultura tradicional de su región.

De generación en generación, Elena y Johana defienden la reproducción de la vida. Son unas más de las tantas mujeres latinoamericanas que protagonizan lo que la antropóloga colombiana Astrid Ulloa ha denominado feminismos territoriales, que parten de una concepción no fragmentada de la vida humana y no humana y de su sustentabilidad. Una conexión entre los territorios tierra y los territorios cuerpo que se expresa en las luchas de estas mujeres por la soberanía alimentaria, la cual permite simultáneamente el cuidado de la salud a través del consumo de alimentos sanos y culturalmente apropiados, y la defensa de los bienes comunes necesarios para producirlos, como las semillas nativas, la tierra y el agua.

Desde allí, Johana también es una de las referentes de la lucha contra los proyectos mineros que intentan instalarse en El Bolsón de Fiambalá, temática que lleva tiempo denunciando en su comunidad y también a nivel internacional con su participación en la campaña Agua para Los Pueblos, donde su comunidad conjuntamente con otros pueblos de Perú, Colombia y Brasil, están reclamando a la Organización de Naciones Unidas que escuchen sus demandas frente a los derechos humanos que la minería vulnera en sus territorios.

– En este momento se encuentra inserto en nuestro territorio un emprendimiento minero como la empresa Liex, que tiene un proyecto de extracción de litio, y también se dice que hay otras empresas mineras que no se dan a conocer. Nos sentimos afectados, tanto las mujeres como los hombres. Las mujeres nos sentimos también discriminadas por la inserción en el trabajo, ya que son los hombres los que son ocupados en estas empresas. Pero también nos sentimos afectadas en otras situaciones: la contaminación del medio ambiente. Nos contaminan el agua, la flora, la fauna, el trabajo que realizamos todos los días en la agricultura y la ganadería. La visión que tengo yo es que hay otras alternativas, como la producción agropecuaria, y hoy en día el estado no apoya estas alternativas debido a que no es rentable para ellos, en cambio con la minera ganan mucho más. Es por eso que el extractivismo también es violencia contra la mujer.

Como señala Johana, en nuestro país, menos de un siete por ciento de las personas ocupadas en el sector de la minería son mujeres, según datos del Ministerio de Trabajo de la Nación. A su vez, los salarios y el acceso a los puestos de poder muestran una gran desigualdad de género en estas empresas. Así, la gran mayoría de las mujeres se ven privadas del único supuesto beneficio que la minería trae para las comunidades afectadas, el trabajo asalariado, mientras que las consecuencias de esa actividad afectan directamente los trabajos campesinos que efectivamente realizan y con los cuales alimentan a sus familias.

Elena realiza los mismos cuestionamientos que su hija a la minería, y como testigo de los cambios que se han producido en su territorio a lo largo del tiempo, también denuncia otros problemas ambientales. Sus relatos muestran que el paisaje de Dunas tan distintivo de Tatón no siembre fue el desierto que hoy vemos; más allá de las características naturales de la zona, entre esas montañas de arena también había monte.

Cuando era chica, cuenta, todos los domingos la gente se iba allí a talar los árboles para buscar leña, las retamas para levantar la viña. Cuando construyeron la ruta, la situación empeoró: el pueblo creció y se cargaba aún más leña, pero nadie plantaba un árbol. Y resulta que el último invierno tuvimos que comprar leña o manejarnos con gas, porque ya no queda, dice Elena y denuncia la falta de conciencia tanto del gobierno como de muchxs de sus vecinxs en el cuidado su propio territorio.

Desde sus experiencias de defensa del territorio, las mujeres apuestan por el cuidado de la vida en todas sus manifestaciones: una visión y vivencia que integra el cuidado de los bienes comunes, el cuidado de las personas y el cuidado de sí. Y así lo demuestra Elena cuando continúa detallando sus preocupaciones y participaciones en la comunidad de Tatón:

— También hay problemas familiares, de violencia. Hay mucho alcoholismo, y por intermedio de eso viene la violencia también. Hay cosas que ocurren y no llegan las soluciones porque nadie se anima a decir, y si seguimos así, como si no pasara nada, si solo estamos calladas y quietas por distintas cosas, por el pueblo, no hay solución de nada —dice la campesina, que también es coordinadora de catequesis, rol que la lleva a hablar mucho con sus vecinas, que son también las que más asisten a la iglesia cada fin de semana.

Pero el tono de Elena no es de lamento sino más bien de entusiasmo. Es que ya estuvo hablando con algunas mujeres para hacer una mateada, encontrarse, hablar de sus problemas. Y mañana, justamente, es 8 de marzo, el Día de la Mujer, el día en que por primera vez las vecinas de Tatón van a juntarse con la intención de organizar, dice Elena con una sonrisa cargada de ansiedad, un grupo de mujeres donde se busque la solución de raíz a los problemas. 

Semillas y saberes

Desde la casa de Elena se alcanza a ver, allí debajo, una inmensa cancha de tierra entre las montañas. Es el Club Los Andes, el lugar en el que cada año se celebra la Feria de Intercambio de Semillas Nativas y Criollas, el evento en el que confluyen mujeres campesinas esparcidas por el extenso territorio del Bolsón de Fiambalá comprometidas con esos puntos capaces de dar vida y que representan el patrimonio ambiental y cultural más esencial de su pueblo.

Allí llega Dorila desde su casa hecha de adobe y cañas en el pueblo de Medanitos, donde la vid crece sobre la arena bordeada por la acequia, en túneles poblados de racimos que ella recorre día a día y a paso lento con su espalda encorvada, su bastón y sus vestidos floreados deslizándose debajo de sus rodillas.

Dorila, una de las mujeres más antiguas de Fiambalá,  que no tuvo el cariño de su madre, como ella misma cuenta ahora con sus más de 80 años. Que tuvo que irse a Buenos Aires cuando era una niña y sobrevivió en la capital durante cinco años con una patrona que no la dejaba ir ni a la esquina, experiencia de la cual aprendió, como dice ahora con las arrugas que le bordean los ojos achinados, a ser una mujer libre, que se respeta y respeta a los demás. Que después volvió a Medanitos y se casó con un marido bueno, e hicieron la casa en la que ahora vive, en una época en la que sobrevivían con changas nomás a falta de trabajo. Y que finalmente quedó sola cuando su marido falleció hace ya varios años, a cargo de todos los trabajos de la producción.

“Dorila, dueña del recuerdo que alivia el pago, rincón de la mansa protesta. Dorila, calorcito en las mañanas, cobijo de las noches asustadas, mujer de arenas y de vientos. Hacha los malos recuerdos, y que el Abaucán se lleve todas las penas. Dorila, cosechera de verdades y soledades”, como dice la canción y la película que la campesina de Medanitos protagoniza y que, junto a sus largos años de andanzas y participación en la comunidad, la volvieron famosa en toda la región.

A la feria viaja también Valeria, junto a su pareja Santiago, desde la otra punta del Bolsón de Fiambalá, allá en el pueblo de Chuquisaca a los pies de la Cordillera de los Andes, donde llegó desde su Bolivia natal a los 17 años y donde se quedó hasta sus actuales 65. En ese lugar pasa los días Valeria cosechando sus frutos, entre ellos más de 60 variedades de semillas que esconden una larga lista de plantas, desde la lechuga y el repollo, hasta flores de todos los colores, pasando por papas andinas y maíces que consiguió traer de su país de origen.

Prepararse para la feria de Tatón, dice la mujer de pelo lacio y negro, es lo que le da fuerza para cada una de las tareas que implica el cuidado de las semillas durante el resto del año: sembrar, regar, cosechar, almacenar y elegir las mejores para llevar e intercambiar con otrxs campesinxs que después las siembren en sus propias tierras. Un trabajo que también la ha hecho famosa en todo Fiambalá, especialmente después de ganar el premio Guardianas de Semilla que otorga la feria, por la gran diversidad que produce.

Pero desde hace algunos años, Valeria está perdiendo su cosecha por la falta de agua y el calor que crece en su zona. Al principio esto la llevó, por ejemplo, a dejar de comer maní o maíz para poder conseguir las semillas, pero ahora la falta de riego es tanta que muchas plantas no alcancen a madurar, y ya no le queda ninguna variedad de esos cultivos.

A esa cancha rodeada de dunas llega también Cristina, que vive a unos pocos kilómetros de allí, en uno de los barrios de Tatón, pero que también sufre la falta de agua porque a su zona no llegan los canales del pueblo.  Su producción proviene de la pequeña y humilde huerta que tiene en su casa, con hortalizas que mantiene como puede y cuando puede, en un lugar a donde el río no llega porque la corriente se consume entre los arenales.

De a poco van también llegando al club Los Andes vecinxs de la zona, integrantes de comunidades originarias, estudiantes de escuelas agrotécnicas, así como campesinos y campesinas de distintas regiones de Catamarca y de otras provincias como Santiago del Estero, La Rioja o Jujuy. Así, como dice Manuel, también integrante de ACAMPA, un encuentro que comenzó en Medanitos en el año 2002 con cuatro o cinco gatos locos que pusieron las semillas que tenían sobre una mesa y comenzaron a intercambiar, fue creciendo año tras año hasta convertirse hoy en una de las ferias de semillas más destacadas del país.    

Allí les esperan Elena y Johana junto a más de cien productores y productoras de ACAMPA, quienes con sus propias semillas y realidades colaboran también en la organización de la feria. Moviendose entre los puestos de semillas, artesanías, comida, yuyos y plantines que lxs participantes despliegan desde temprano poblando de aromas el aire, las mujeres intentan asegurar cada detalle del evento más importante del año en el Bolsón de Fiambalá. Mientras tanto Carla, hija adolescente de Johana, ayuda en la difusión desde su trabajo en la radio comunitaria FM Horizonte.

Alrededor de la feria se despliegan muestras de fotos, cuadros y carteles que trasmiten información sobre el cuidado de la semilla, herramientas tradicionales para el trabajo agrícola y aprendizajes que jóvenes de la región han recibido de las personas mayores en talleres intergeneracionales. Al murmullo de cada intercambio se superpone también el sonido de guitarras y bombos de artistas locales, el paso de bailarines que se animan con una chacarera y las palabras de quienes van subiendo al escenario. Entre ellas, las de representantes de pueblos originarios de la zona, raíces últimas de las semillas nativas y criollas que ahora vuelven a circular en Fiambalá:

— Nuestros líderes indígenas murieron por el territorio, por nosotros, y nosotros estamos dispuestos a morir por nuestros hijos y nuestro territorio. Y no sólo por la vida humana. Entendemos que, sin nuestros animales, nuestras plantas, nuestros ríos, nuestro sol, nuestro aire, no somos nada. Si perdemos uno de esos elementos nos perdemos nosotros mismos, desaparecemos —expresaba en una de las ediciones de la feria de Tatón Hernán Gutiérrez, cacique de la comunidad La Quebrada-Santa María, de la Unión Diaguita de Catamarca.

Mientras tanto el trueque avanza: las tierras de Elena, Johana, Dorila, Valeria, Cristina, cada una de sus flores -naranjas, rojas, violetas-, de sus verduras -remolachas, acelgas, zanahorias-, de sus frutales -higos, manzanas, limones-, se ven ahora condensadas en semillas esparcidas sobre una mesa, en la que otrxs campesinxs buscan aquello que no tienen, ofrecen lo que producen, preguntan lo que no saben y cuentan lo que recuerdan y aprendieron.

— Impulsamos esto porque ya se había perdido, ¡nadie sembraba! Todo era del mercado… —dice desde su puesto Mecha Carrizo, otra de las mujeres que organiza la feria e integra la asociación campesina—. Así fuimos recuperando tierra, fuimos recuperando semillas; hemos aprendido a valorarnos a nosotros mismos, y esa es la riqueza de la que nos sentimos orgullosos.

Así, las semillas de chía, quinua y tantas otras que habían desaparecido vuelven a circular ahora de mano en mano, sin más valor de cambio que el propio trabajo y esfuerzo campesino, sin más salario que las plantas y alimentos que cada grano traerá a sus fincas. Así, con cada encuentro, la falta de trabajo se deshace en un pueblo donde crece la economía regional y la soberanía alimentaria. 

— La feria ha llegado a ser tan grande porque toda la gente se empezó a dedicar a cuidar sus plantas, a guardar semillas, a traer, a intercambiar…—cuenta Elena—. Ahora ya estamos preocupados en trabajar más, en mejorar los productos, porque en cada feria hay más cosas nuevas, y como es un solo día a veces nos quedamos sin tiempo; “ay, no pude recorrer allá, no pude conseguir eso…”. Es hermoso. Con eso hemos progresado. Un progreso ha sido, para los pueblos.

Como una resistencia a la minería, el monocultivo y la pobreza que las ciudades miran de lejos en los territorios de la puna catamarqueña, las semillas y saberes de las mujeres campesinas se esparcen como el viento, hasta hacer retumbar el verde contra el desierto.

 
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