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La energía contra el futuro

La energía contra el futuro

Por Lucía Maina Waisman

Ilustración: Agustina Ludueña

Qué tiene que ver el calor sufrido por un taxista cordobés con una laguna en la Puna catamarqueña, un salar con un adolescente que juega en su celular, las lágrimas de una campesina con una batería, terneros en zapatos con autos eléctricos, Arabia Saudita con la Cordillera de los Andes. En la tercer entrega de la serie de crónicas Las Aguas Visibles, realizamos un recorrido de catorce horas por rutas asfaltadas y caminos de tierra para descubrir la presencia de la minería de litio sobre las aguas que conectan lo impensable.

Vi una campesina llorar por la falta de agua, y eso debería alcanzar. Vi sus frutales cediendo ante la tierra seca. La vi aplastar un pañuelo de tela rosada sobre su rodilla, y bajar su mirada hacia el gesto de sus manos para ocultar las lágrimas que surcaban sus arrugas, y eso debería alcanzar para que cambiemos el rumbo. Pero hemos olvidado que del agua venimos, que de agua estamos hechos, que de ella vivimos. Así que hacia allá vamos, ahí donde las gotas saladas terminan en los labios de una mujer que pide agua, sin saber aún que la minería empieza a arrebatársela en silencio.

— Vamos a la terminal —digo cerrando la puerta del auto amarillo.

— ¿A dónde viajas?

— A Catamarca.

— Uuuhh, ¡pero te vas a morir de calor! —me dice el taxista con las manos pegadas en el volante mientras avanza por el centro de la ciudad de Córdoba en las puertas del otoño.

Son las seis de la madrugada y los dos sentimos un primer calor que amenaza crecer con un resplandor naranja entre la última oscuridad. El sol acecha. Y el taxista se preocupa: Que hoy va a estar duro el día, que él ayer a las 9 de la mañana ya estaba prendiendo el aire acondicionado, que en el sur, en Río Negro, Neuquén, está haciendo como 30 grados, que son lugares que no están preparados para tanto calor… Que qué terrible.

Así empiezan a correr los primeros minutos de las 14 horas de viaje distribuidas en colectivos, autos y camionetas que separan el asfalto cordobés de los rincones más profundos del Bolsón de Fiambalá, un valle bordeado por la Cordillera de los Andes. Un horizonte de montaña que en sus pliegues esconde el humedal de las lagunas altoandinas de Catamarca, sitio protegido por el convenio internacional Ramsar debido, entre otras cosas, a la función que cumple en la regulación de la temperatura global. Ahí, en una de esas lagunas que son sumideros de gases de efecto invernadero, garantizan la conservación de los glaciares y permiten monitorear cambios climáticos globales, se esconde también el proyecto de minería de litio Tres Quebradas de la empresa LIEX S.A.

El colectivo está demorado. Los rayos empiezan a asomarse con más fuerza entre los edificios que rodean la terminal y todavía no sé hasta qué punto mi destino marca las temperaturas inusuales de esta madrugada cordobesa.

Viajo a una de las tantas raíces humanas del cambio climático.

De sales y celulares

Después de kilómetros de monte, la ruta empieza a estar surcada por la sal a medida que atravesamos las Salinas Grandes y nos adentramos en territorio catamarqueño. De aquel lado de la ventanilla, el piso se vuelve blanco, salpicado con algunas manchas verdes de pequeños arbustos, de este lado, un adolescente rubio juega con su celular. El teléfono queda en contraste con el blanco del salar, y resulta difícil entender cómo ese aparato tan prolijo que manda y recibe señales de todo el mundo está hecho, en parte, de lo que se esconde en este suelo árido, inhóspito, solitario.

La extracción de litio de la salmuera presente en los salares aumentó en las últimas décadas de la mano de la producción de baterías para celulares y computadoras. Actualmente su demanda creció tanto que se habla de la “fiebre del litio” o del “oro blanco”, una fiebre que ya llegó a nuestro país, donde hay varios salares con potencial para esta minería en las provincias de Catamarca, Jujuy y Salta. En Argentina ya existen 18 proyectos avanzados de litio, además de proyectos en exploración inicial en 23 salares, según informó la Secretaría de Minería de la Nación en enero del año 2020.

La salmuera es uno de los líquidos presentes en los salares, que las mineras extraen con bombas especiales a varios metros de profundidad. Durante un largo proceso, el agua se va evaporando a cielo abierto en grandes piletones para lograr que se concentre el mineral, que luego se separa para generar el carbonato de litio que se exporta fuera del país. Este es el método más barato para extraer litio, porque la evaporación depende de las condiciones meteorológicas excepcionales de lugares como la puna y los humedales altoandinos, relacionadas con la extrema aridez y las escasas lluvias; es decir, con la falta de agua.

Un método que ha sido catalogado de prehistórico por la Dra. Verónica Flexer, electroquímica del CONICET y experta en litio, quien explica que “una explotación promedio de litio, con el método evaporativo en las salmueras, evapora aproximadamente 10 millones de metros cúbicos de agua por año. Esa cantidad es equivalente al consumo de una ciudad de 70.000 habitantes en el mismo periodo de tiempo”.  Esta situación lleva a muchxs a considerar que “la minería del litio en salares, es una minería del agua”, tal como afirma la investigadora y docente de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) Susana Gallardo.

Según un informe de la asociación Be.Pe. sobre la Minería Transnacional de litio en lagunas altoandinas de Catamarca, un 44% del litio producido a nivel mundial se destina a la fabricación de baterías, y el 56% restante a otros usos industriales (entre ellos, la fabricación de agrotóxicos, la física nuclear, o los acondicionadores de aire). Es decir que el celular que mantiene ocupado al adolescente en su asiento, las pantallas de las que hacemos uso y abuso cada hora, esconden en su materia prima el consumo a gran escala de uno de los bienes comunes más esenciales para la vida humana presente y futura, justamente ahí donde escasea.

El colectivo llega a destino. La ciudad de Catamarca arde en silencio en plena siesta, donde me espera Mercedes, de la asociación Be.Pe., para subir a una camioneta y seguir avanzando sol adentro. 

De triángulos y montañas

— Esta es la única sombra por acá —dice Manuel cuando bajamos del auto y nos acomodamos bajo un algarrobo a comer unos sándwiches. Sus palabras sobran: desde que salimos de la ciudad de Fiambalá, donde pasamos la noche, para avanzar sobre un medio día de 40 grados rumbo al norte, solo vimos algún que otro arbusto a ras del suelo entre la tierra seca. Así que cuando tomamos una bifurcación y un par de árboles se abrieron ante nosotrxs vimos un oasis.

Manuel y su pareja Johana, junto a sus hijxs Carla y Nabil, nos acompañan en esta parte del trayecto, donde el asfalto ha desaparecido, y no hay carteles ni pobladores que indiquen el camino. Lxs dos son grandes conocedores de estas latitudes: su participación en la ONG Be. Pe., en la Asociación de Campesinos del Abaucán (ACAMPA) y en la FM Horizonte, la radio de la zona, los lleva a recorrer incansablemente estos paisajes. 

— Todo este círculo entre montañas es el Bolsón de Fiambalá. Aca estamos en precordillera —dice Manuel con su brazo ancho y morocho apoyado en la camioneta blanca y el otro sosteniendo su sándwich—. Allá está  el cordón de San Buenaventura –dice levantando ahora su brazo hacia el norte para indicar varios picos de más de 5000 metros de altura que marcan el final de la Puna—. Y ahí atrás es donde está la minera: donde hay un valle como este que ya es cordillera —agrega señalando la Cordillera de los Andes que cubre el horizonte en el oeste. 

Ahí atrás, en el lugar donde la nieve se vuelve agua de deshielo y baja por las cuencas a saciar la sed de todo el valle, está la minería de litio.  Ahí, donde se elevan las cumbres más altas de América como el Monte Pissis, el segundo volcán más alto del mundo, está el Proyecto Tres Quebradas, que toma su nombre justamente de una de las lagunas altoandinas de Catamarca. Ahí, en el humedal protegido internacionalmente, la empresa LIEX de la minera canadiense Neo Lithium avanza desde hace años en la exploración de un proyecto de extracción de litio mediante salmueras que abarca, según la propia firma, una superficie de aproximadamente 35,000 hectáreas.

Las montañas que vemos alzarse hacia el cielo albergan en su interior una de las mayores reservas de litio. Junto a otras zonas de Argentina, suman el 19% de los recursos de este metal en el mundo, que llevan a que nuestro país forme parte del llamado “Triángulo del litio” junto con Bolivia y Chile. Incluso, la revista Forbes comenzó a hablar de la unión de los tres países como la “Arabia Saudita del litio”, ya que juntos concentran más de la mitad de los recursos del mineral que se proyecta como indispensable para la energía en el futuro, al igual que lo fue el petróleo durante el siglo XX.

Pero tal como señala el informe que realiza Be.Pe. “la denominación de la zona como Triángulo del litio reproduce dos de las condiciones básicas del extractivismo”. Por un lado, la marcada concentración en el mercado de este mineral, cuyos yacimientos “están casi absolutamente en manos de privados transnacionales sin tener el Estado nacional ningún tipo de política o participación en la cadena de valor del litio” y sin obtener prácticamente ninguna rentabilidad. Por otro lado, esta denominación define los territorios de acuerdo a las materias primas que pueden disponer para el sistema productivo y económico mundial, ocultando sus características particulares y su rol en el medio ambiente, inevitablemente global. 

En otras palabras, en la zona de Sudamérica donde el “Triángulo del litio” ve concentración de sales y minerales a exportar, existe un ecosistema de humedales que involucran no sólo salares, sino también ríos, vegas, glaciares cordilleranos, flora y fauna adaptadas a ambientes desérticos, capas de agua dulce y salada en un complejo sistema de acuífero subterráneo que ha tardado miles de años en formarse, y hasta rocas que datan del origen de la vida en la Tierra. Un territorio donde, además, habitan poblaciones humanas, comunidades originarias y campesinas, que dependen del ecosistema que les rodea. 

— Ahí va la gente a hacer andinismo, que ahora está de moda. Antes, a los turistas que iban a escalar los llevaban los arrieros, los puesteros de la zona: se iban con ocho, diez mulas para llevar sus cosas, alimentos, los dejaban ahí y a los días los iban a buscar. Pero desde que abrieron huellas para las mineras ya los llevan en 4×4 —cuenta Manuel mientras terminamos nuestra parada de almuerzo. 

El arriero va

Arena y más arena. Huellas que vuelan en medio del guadal. Después, un camino angosto donde el verde crece, los animales aparecen -unas veinte cabras y cabritos nos miran pasar- y las espinas del monte chirrían contra la chapa del auto hasta desembocar en un conjunto de álamos que se elevan hacia el cielo. Entonces, Juan aparece. Imposible no escuchar nuestros motores que se acercan entre el silencio de canto de pájaros que lo rodea. 

Mientras Manuel empieza a bajar del auto herramientas, bolsas arpilleras, y otros materiales que le trae para su puesto, Juan nos saluda con su gorra y una camisa colgando a los costados de su cara a modo de pelo largo. Su recibimiento es suave, de gestos pausados: ni una pizca de la euforia esperable en alguien lleva días, quizás semanas en soledad, puede leerse en su mirada vidriosa y calma.

— Nosotros aquí prácticamente nos hemos criado, todo es sa-crificio nuestro. Cuando yo tenía doce años y mi hermano veintidós años hicimos estas pircas, todo tra-ído a angarillas, a espalda –empieza diciendo Juan con su tonada catamarqueña y campesina y señala la pared de piedras grandes de la casa que bordea un costado de la galería en la que nos sentamos.

Rodeadxs de monturas y alambres, nos ponemos a tomar mate frente a un fogón donde humea una pava negra de hollín. Arriba, tres pedazos de carne y varios cueros de cabra cuelgan del techo.

— Y bueno, después me fui yo a rolar tierra, como se dice, y mi hermano quedo aquí. Y ya ahora está viejo, poco puede, así que de-cidí venirme a acompañarlo y a-cuidar lo que hemos hecho —agrega debajo del charqui, inundado por un ejército de moscas que le son indiferentes. 

Hace solo un par de meses que Juan volvió a ésta, su casa natal, un puesto perdido al pie de la montaña a 14 horas de la ciudad de Córdoba capital, el punto más lejano de este recorrido.

— ¿Hay muchos puestos en esta zona? 

— Aquí ya queda muy poco, casi nada de puestos, hay más para la zona del cerro aquel, del lado del litio. Para mí es el estado que nos ha echao a perder: cuando era chico estaba todo lleno de hacienda, y se abastecía con carne de la zona. Y después toda la gente se ha empezao a ir al pueblo, a trabajar con una beca, un plan, y ahí viven, pidiendo al municipio. Yo no lo veo así, yo quiero hacer mis cosas, y he vuelto con las cabras para acá, sino ya no había más nadie con hacienda en esta zona…

Juan volvió desde Medanitos, el pueblo donde vivía desde hacía años, a unos 50 kilómetros de acá. Y volvió con sus animales, caminando: le hemos metido 24 horas y media hasta aquí –cuenta con un gallo que canta debajo de su voz.

— ¡Muchísimo! ¿Con las cabras?

— Con las cabras –responde Juan bajando el mentón y se ríe, con cierta dulzura, de mi sorpresa—. Acá tenemos cabras nomas. Y hay que hacerlas parar, despacito, comiendo…

Aunque esta vez lo hizo para mudarse, hace tiempo que Juan lleva y trae sus animales desde Medanitos hasta este puesto como parte de su trabajo de arriero. Las primeras veces, como el traslado implicaba hacer pasar a sus terneros a un terreno diferente, al que no estaban acostumbradas, les construyó, a cada uno, unos zapatitos de cuero. Al llegar al nuevo lugar, se los dejaba un tiempo, hasta que se adaptaran, y después se los sacaba, pata por pata.

El famoso cambio de matriz energética que anuncia, por ejemplo, las bondades ecológicas que tendrá la producción de autos eléctricos hechos con baterías de litio no tienen lugar en las vidas de quienes habitan las montañas que acumulan ese mineral. Los traslados son otros, sus tiempos también. Sus consumos son vitales:

— Aquí escasea mucho el agua. Ahora hemos superado un poco la parte económica y hemos comprado manguera para sacar de la vertiente, allá a 500 metros, y sino había que ir a traer en balde. Pero llegan los meses de septiembre y siempre se agota y ya hay que buscar la forma. Allá tengo un poco de alfalfa, pero se ha empezado a secar, hasta los nogales algunos se han secado por falta de agua. Y bueno, lo lucharemos… 

Sostener la sombra y el alimento es una lucha diaria que dan Juan y su hermano. Su mayor arma es saber a qué altura poner las semillas, cómo construir terrazas de piedra para los cultivos, cómo palear la arena blanca que parece recubrir el suelo de azúcar filtrando la poca agua que llega de la vertiente. Su mayor arma es conocer a la perfección el ecosistema que le da la vida. Sin embargo, no conoce esa nueva industria que crece montaña arriba, esa que le preocupa pero de la que apenas ha oído hablar.

— ¿Y usted cómo más sabe, eso del litio?, ¿es contaminante también? Uno de la minería me decía “no, la contaminación no puede llegar acá, porque tienen piletas”. Pero esas piletas para mí se van filtrando para abajo, lleva a lo subterráneo. Y la gente tiene los animales, tiene todo, y eso todo va al agua… –dice Juan mientras agarra la pava negra y ceba otro mate.

Cada persona que visitamos, en la ciudad, los pueblos, el campo del Bolsón de Fiambalá evidencia el desconocimiento que existe sobre el proyecto Tres Quebradas en la misma población que, según la ley, debería ser informada y consultada por el estado antes de su aprobación, dado que es la que se verá afectada por sus consecuencias y cuyos derechos al ambiente y al agua se encuentran en peligro.

El propio marco nacional e internacional que busca hacer frente a las consecuencias de la actividad empresarial en los Derechos Humanos -tales como los Principios Rectores sobre Empresas y Derechos Humanos de Naciones Unidas y las líneas directrices de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE)- considera “expresamente que la instalación y puesta en marcha de los proyectos extractivos compromete las capacidades de las comunidades para satisfacer sus necesidades”, tal como indica el informe realizado por Be.Pe.  Según esas mismas normativas, es deber de los estados proteger los derechos humanos frente a los efectos negativos que puedan producir sobre ellos las empresas que trabajan en su jurisdicción.

Pero como indica el mismo informe, las tierras que habitan estos pobladores han sido definidas como “zonas de sacrificio”, priorizando la exportación de recursos minerales a costa de la devastación de ciertos territorios y la sobreexplotación de sus acuíferos. Una devastación que ya puede comprobarse en esta misma provincia, en la zona de Antofagasta de la Sierra, donde el Río Trapiche, del cual se abasteció de agua la minera de litio FMC desde el año 1997, ha sido exprimido hasta secar las vegas de las que viven los puesteros, los cuales ya sufrieron la muerte de sus animales.

— El agua para mí es todo, porque sin agua no tenemos nada: no tenemos un animal, no tenemos una siembra, no tenemos vida, sin agua… —dice Juan elevando su mirada desde nuestros ojos hacia el horizonte, mientras las moscas se posan sobre su camisa blanca— El agua es algo primordial para sobrevivir a donde sea. A donde sea.

— ¿Te gustan? —me pregunta Johana mostrándome cinco higos que acaba de recolectar en la palma de su mano.

Dulces y lágrimas campesinas 

Valeria entra apurada a su casa desde el patio con un jogging y una camiseta roja y negra que le cubren el cuerpo entero. Disculpen, es que estoy haciendo dulce, pero mejor nos quedemos acá porque hace mucho calor –dice mientras se va directo al ventilador e intenta prenderlo, una vez, otra, y otra, pero sin lograr que las aspas empiecen a moverse.

Son las seis de la tarde cuando, después de seguir bordeando las montañas, llegamos a nuestra última parada: la casa de Valeria y Santiago en el pueblo de Chuquisaca, uno de los caseríos que interrumpen el paisaje desértico con grupos de álamos y verdes diversos que indican presencia humana.

Valeria nació en Bolivia, y a los 17 años se vino a este lugar que habita junto a su pareja, Santiago. Así paso la mayor parte de su vida, trabajando la tierra, viviendo de lo que producía en este rincón de Catamarca, recorriendo los cerros, pastoreando sus cabras, caminando lejos para darle de comer a sus lechones. 

— En todo hemos trabajado acá nosotros: en todo. Pero ahora ya me cansé, ya no me ayuda la fuerza para los animales… Ahora estoy con las plantas, elaborando los dulces —dice con una voz que suena como el calor que entra por la puerta del comedor: sofocada, sedienta, apagada.

Valeria y Santiago tienen unas cien plantas de durazno, cincuenta de manzana, hortalizas, flores de todo tipo. Pero hace algunos años que sienten como su cuerpo, su pueblo y su tierra le han ido poniendo límites a su vida campesina.

— Hay años que hay fruto y hay años que no, por las tempestades del calor —cuenta Santiago con su pelo blanco y una pequeña cicatriz en el cachete—. Aquí hay viento zonda cuando está florando, entonces el calor cocina la fruta, se cae, y ya no hay fruto –dice y explica que por eso hay tantos álamos, porque es un árbol que resiste la falta de agua, la caída de piedra o granizo, y que con su gran altura sirve de cortina para frenar el viento en las zonas pobladas.

Estamos en penumbras: puertas y ventanas cerradas impiden que los rayos del atardecer aumenten la transpiración que cubre nuestros cuerpos mientras todxs repetimos que qué calor, que qué terrible. Valeria entonces se levanta, traslada el ventilador a otro rincón del comedor y lo cambia de enchufe.

— Antes, cuando nosotros recién llegamos, acá no se usaba ventilador. Ahora estamos en marzo, abril, también calor todavía –comenta y mira con satisfacción cómo por fin las aspas hacen que el aire empiece a girar.

De la minería de litio, Valeria y Santiago tampoco saben mucho: que eso dicen, que han visto gente que subían y volvían de la montaña, que suponen que están trabajando en la mina, pero que está todo en silencio por ahora. Su territorio, sin embargo, que ya sufre los impactos de un cambio climático global causado por formas de vida muy diferentes a las de sus pobladores, concentrará aún más las consecuencias de un modelo de extracción de materias primas para satisfacer el aumento del consumo de energía en ciudades ubicadas a miles de kilómetros de su realidad.

Pero para esta familia campesina, la falta de agua no es el futuro, sino la dura tierra del presente.

El agua que llega a Chuquisaca proviene de vertientes de las montañas, baja por arroyos y ríos hasta el inicio del pueblo y luego se distribuye mediante canales. Al igual que en el resto de los pueblos de la zona, se organiza de forma comunitaria y funciona con turnos: un día una familia recibe agua para riego, al otro día le toca a otra casa, y así hasta que llegar a la última parcela, para después volver a empezar. 

— Ahora falta el agua más que nunca —continúa Valeria—. Como cuatro años que muy poco tenemos para regar, es un problema…  

Un problema que ya afecta la relación con uno de sus vecinos, que desde hace un tiempo no les deja pasar el agua del canal hacia su parcela. Un problema que ya afecta la pasión de Valeria, que hace una sonrisa de orgullo y humildad cuando le digo que, según se comenta, es famosa en todo Fiambalá por la gran cantidad y diversidad de semillas agroecológicas que produce, y que luego comparte e intercambia con otrxs campesinxs que las siembran en sus tierras. Pero su pecho vuelve a cerrarse entre sus hombros en poco segundos:

— Hay varias semillas que he perdido ahora por el tiempo que hace de calor y falta de agua y no puedo regar. Por ejemplo, ahora los tomates no alcanzaron a madurar, ya no hay agua. Estoy sembrando muy poquito, ya no es lo mismo como cosechaba de antes…

No hay agua y el clima también ya cambia, vuelve a repetir Valeria y aplasta un pañuelo sobre su rodilla derecha, como planchándolo con sus manos o más bien como una excusa para bajar su mirada cuando le viene el agua de la tristeza.

— ¿Vieron el dulce? –pregunta segundos después levantando su mirada y su dignidad hacia a Johana y vuelve a dirigirse a la puerta de atrás, mientras todas la seguimos para ver su jardín. 

Lo primero que aparecen son olores lilas, amarillos, rosados: flores que crecen sobre la arena blanca y que ella va acariciando y nombrando como a sus hijas. Con cuidado pisamos los surcos que separan la huerta: acá hay ajo puerro y cebolla, dice mostrando unas pocas hojas que se elevan en la tierra seca. Esta es chía, pero no sé si va a llegar a dar semillas porque le falta agua…, agrega señalando unas plantas altas y marchitas. Como ser ahora no hay durazno y la manzana está muy desconocida, no está como el año pasado: bien redondita, formada, dice Santiago más atrás mostrando los frutos rojo pálido que resisten en los árboles. Al fondo, detrás de un montón de membrillo secándose al sol, una gran olla hierve sobre una estufa de barro: la vida empuja como un brote, y Valeria se acerca una vez más a revolver con paciencia su dulce de cayote.