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HISTORIAS PARA COLOREAR

“Silencio… haga silencio en su Alma, dese un espacio de calma y escuche al monte pariendo la vida…”
 Canta Nadia Larcher con su voz de llanto agrietado como las manos de quienes labran, viven, sueñan y abrazan la tierra del bolsón de Fiambalá. 


El camino es el mismo de siempre y, sin embargo, lo vemos pasar por un carril de diapositivas fugaces que no dejan de asombrarnos con su encanto. 
Médano tras médano y al fin, allí, por fin el oasis de vida que hace de ese lugar un milagro esperanzador.
El 22 de abril fue el Día Internacional de la Madre Tierra y, a su vez, coincidió con el cierre del proyecto Empresas Transnacionales y Principios Rectores: hacia mecanismos efectivos para la protección de derechos humanos en América Latina. 
Para este evento, el equipo de investigación de la asociación civil Be.Pe planificó una serie de actividades que debido al contexto de pandemia fueron modificadas; entre ellas, se encomendó una misión especial a lxs pequeñxs de Tatón y Medanitos que consistía, nada más y nada menos, en colorear su propia historia, ésa que se eleva con el viento y se escurre en el río Abaucán para luego ser germen-fruto bravío de certezas. 


La imperiosa tarea contaba con un partícipe necesario: el arquitecto y artista visual Dimas Melfi quien supo expresar con amorosa sensibilidad cada pedacito de vida en dos láminas que fueron distribuidas en todo el territorio. 
Pincelada tras pincelada nos dirigió hacia un paseo como por un domo de nieve frágil, casi una ilusión pero rebosante de realidad, de naturaleza y belleza (¡Como si ambas no fueran sinónimos!). 
Entre semillas, corazones, surcos de arados, viñedos, un sol imponente, el río-su río, agua-vida, comunidad, semillas-corazón-comunidad-vida, acurrucados en una gran síntesis: nuestra Madre Tierra, ese recorrido se volvió mágico y tornasolado reflejo del brillo de los ojos de quienes sellan a cada trazo el relato de su andar.
Asomando, apenas, la ternura por la ventana o por la puerta nos golpeaba la timidez de los héroes y heroínas victoriosxs en la gran hazaña. Luego de unos minutos de espera, nos avistamos repentinamente porque sabíamos lo que nos convocaba y, así, no tardó en escucharse el primer llamado de atención:
¡acá faltan las uvas! 
-le refiere Mónica a Natalia-
 ¿¡cómo no van a estar!? 
Se miran y sonríen y en una minuciosa inspección, las encuentran. Como si pudiéramos concebir aquel paraje sin vid.
El camino está sereno, la pandemia  se hace sentir, la calidez de las personas se observa desde lejos.

Está ahí, latente, contenida como agua en una represa esperando para desbordar, arrasar y abrazar. Pronto llegamos a la casa de Agustín que, apenas nos escuchó, salió como un rayo con aletas de lámina que apenas podía cargar. La ansiedad le cortaba las palabras y cuando pudo reincorporarse nos contó que había pintado todo menos las cabras “porque acá muchas son blancas, no hay tantas marrones”
En esta época, allí, la sombra de los árboles es fría. No hay que orillarse tanto sino, más bien, buscar el sol. Ese día no hizo falta. Nos bastó el calor del encuentro, de la mirada de Agustín y sus amigxs y los silencios porque ya sabemos que no es lo mismo hacer silencio que callar para escuchar al monte pariendo ese calor; el de la esperanza enraizada en la lucha que sigue reescribiendo la historia o, mejor dicho, coloreándola.

Para descargar las láminas y colorear hace click  aquí: